[_borders/Hablamos_ahdr.htm]

Diego A. De Castro: El general que se volvió estatua.

From: Diego Marín Contreras.
Date: 12 Jun 2005
Time: 07:43:29
Remote Name: 65.218.145.237

Comments

Un perfil ecuánime de quien fuera el primer Gobernador del Atlántico y hoy es un monumento itinerante.// A mis amigos del Archivo Histórico del Atlántico// Hoy es una estatua, que nadie sabe cómo ni por qué, llegó caminando hasta el Parque de Los Fundadores -pues aquí todo es posible: incluso que las estatuas caminen-, pero quién era el general Diego A. De Castro cuando caminaba, en carne y uniforme, por las calles de la Arenosa. Y, sobre todo, ¿qué le debemos?// Le debemos, por ejemplo, el no depender de los cartageneros. Antes de la creación del Atlántico, en efecto, Barranquilla formaba parte de Bolívar, de ahí el nombre del ferrocarril que viajaba desde el Muelle de Puerto Colombia hasta el edificio de La Aduana. Le debemos, en cierto sentido, el son de negros de Santa Lucía, las artesanías de Usiacurí, las arepas de huevo de Luruaco, la inteligencia de Sabanalarga, los monumentos de Tubará, los penitentes de Santo Tomás, el festival de la ciruela de Campeche, y hasta los moteles de Juan Mina, amén de toda la riqueza cultural de los municipios que forman parte de este entrañable departamento que fue creado gracias a la trayectoria militar de su fundador y también, cómo no, a su inocultable habilidad electoral. Todo ello, si es cierto que sentimos a esos municipios como nuestros, como parte de una cuestionada y cuestionable identidad atlanticense.// Diego A. De Castro había nacido en Barranquilla, el 14 de octubre de 1853, es decir que tenía cincuenta y dos años cuando se convirtió en el primer gobernador del Atlántico. Aunque, por lo que indica su participación en la revuelta contra Aquileo Parra, en 1876, cuanto contaba veintitrés años, a De Castro lo seducía el poder desde muy joven. Según se desprende de la lectura de los hechos de su vida, era un típico hombre de su época -¿quién no lo es?-, capaz de organizar una guerra o participar en una conjura si tales procedimientos eran necesarios para lograr sus objetivos políticos. Veamos.// Ricardo Gaitán Obeso era un militar radical tolimense, enemigo del gobierno de la Regeneración, que se apoderó en una rápida campaña del Río Grande de la Magdalena, desde Honda hasta Barranquilla, donde entró triunfal el 5 de enero de 1885 (Mario Aguilera Peña, Gran Enciclopedia de Colombia). En ese momento, el futuro general De Castro era administrador del Ferrocarril de Bolívar, y tenía acceso a los vapores que navegaban por el río. De modo que se hace al control de una de estas embarcaciones, y valientemente lucha contra las fuerzas de Gaitán Obeso, quien, tras el fracaso radical en el sitio de Cartagena, huye hacia las selvas del Carare.// Pero no fue ésta la única acción heroica de Diego A. De Castro. El 17 de junio del mismo año, en la batalla de La Humareda, donde los radicales fueron aniquilados con un gran número de muertos, cuando la embarcación en que viaja está a punto de explotar, salta al río y, de paso, salva la vida de un compañero. El Regenerador, Rafael Núñez, lo confirma más tarde en Bogotá como coronel efectivo y se le nombra agente de la canalización del río Magdalena. Después, como comandante en jefe de la flotilla del gobierno, jugó un papel decisivo en la batalla de Los Obispos, donde perdió el ojo derecho. A raíz de esta oportuna intervención bélica, se le nombra General de División y, por último, Comandante de las Fuerzas Marítimas del Atlántico y el Pacífico.// Así pues que el general De Castro emerge de los más oscuros rincones de nuestra amnesia colectiva como un personaje épico, como un aguerrido militar, capaz de jugarse la vida en una acción de guerra que comprometa su credo político conservador. Que esto último lo era, y de dos misas diarias (su testamento comienza con la fórmula: «yo, Diego A. De Castro, católico, apostólico y romano...»). Sin embargo, como todos los hombres, era uno y, al mismo tiempo, muchos seres en uno solo. En cuanto a su actividad política, y según anota Juan Pablo Llinás, «participa en la primera elección de Rafael Reyes al manipular a discreción el registro de Padilla» (Personajes de Barranquilla).// Padilla era el nombre que recibía en esa época lo que en la actualidad es el departamento de La Guajira, y estaba dominado por un despótico y oscuro personaje, cuyo nombre parece salido de una ficción de García Márquez, el general Juanito Iguarán. La primera magistratura se la disputaban, en reñida competencia, Joaquín F. Vélez y Rafael Reyes, pero por aquellos lares de Padilla no habían llegado aún las bondades del telégrafo, de manera que Iguarán ignoraba por cuál de los dos candidatos había que obligar al pueblo para que votara.// Sin muchas luces en estos asuntos políticos, decidió entonces traerse las actas electorales para Barranquilla, a la casa del Marqués de Mier. Este último se encontró, en el sepelio de un comerciante, con Diego A. De Castro y José Francisco Insignares. Y algo debió suceder como resultado de ese encuentro, porque Reyes gana las elecciones con 994 sufragios, doce de ventaja sobre su rival, y al año siguiente nombra a Diego A. De Castro Gobernador del recién creado Departamento del Atlántico.// Nace el Atlántico// Al atardecer del miércoles 14 de junio de 1905, las calles de Barranquilla se preparaban para dormir con sus mejores galas. A las cuatro en punto, había sido promulgado por bando el Decreto del señor Prefecto que declaraba festivo el día siguiente. En la noche, como si fuera Navidad, todas las casas estaban iluminadas. Y, según cuenta el Semanario El Estandarte del domingo 2 de junio de ese mismo año, la retreta fue muy concurrida. Como en la primera Batalla de Flores, celebrada en 1904, la ciudad festejaba su ingreso pacífico al siglo XX, después de los rigores de las nueve grandes guerras civiles que habían ensangrentado al país el siglo anterior.// Apenas había amanecido el caluroso jueves 15, cuando veintiún salvas de cañón despertaron a los barranquilleros con la promesa de una rumba que no ha cesado en cien años. A las ocho de la mañana, en la iglesia de San Nicolás, el reverendo padre Revollo, gran inquisidor de las costumbres locales por aquel entonces, pronunció uno de esos sermones que dejaban a su feligresía con cara de rebaño regañado. Más tarde, el Presidente del Concejo Municipal, Juan B. Roncallo, descubrió una lápida de mármol que conmemoraba el suceso de ese día. Por último, el Vicario General, Carlos Valiente, bendijo el pabellón tricolor destinado al Palacio de Gobierno.// Enfundado en su uniforme militar, y sin duda sudoroso, el general Diego A. De Castro hizo a pie el trayecto desde San Nicolás hasta la Gobernación. Lo acompañaban Rubén Restrepo, administrador de la aduana, y el ya mencionado Juan B. Roncallo. Frente al palacio, de seguro felices porque ese día no hubo clases, se hallaban formadas las escuelas de varones y niñas de la ciudad, quienes, acompañados por la banda de los salesianos, entonaron el Himno Nacional mientras se izaba la bandera que había traído de la iglesia un grupo de jóvenes. El batallón Junín hizo los honores, y el ambiente se estremeció de aplausos.// Entonces, en el sopor eterno de la una y treinta de la tarde, cuando ya las niñas empezaban a desmayarse por el calor inmisericorde, el general Diego A. De Castro, veterano de las guerras civiles y tuerto del ojo derecho, dueño a la vez de un romántico heroísmo y de un pragmático sentido de la oportunidad, tomó posesión como primer gobernador del Departamento del Atlántico, con la intención de demostrar, según sus propias palabras, «que no fue vana la idea de convertir esta importante sección de la República en entidad Departamental» (El Promotor, sábado 17 de junio de 1905). Nuestra suerte, la tuya y la mía, lector curioso, estaba echada.// Camina, estatua, camina// A esa estatua del general De Castro, cuya estética «sublime» haría palidecer al David de Miguel Ángel, podríamos preguntarle qué sucedió con los sueños de una ciudad que, en los inicios del siglo XX, fue considerada como el puerto de entrada más importante a la América del Sur, o en qué lugar de su historia dejó abandonados sus ideales de desarrollo, si es que en verdad los tuvo alguna vez, y la Puerta de Oro no es más que un estéril invento de nuestras nostalgias culposas.// El poeta portugués Fernando Pessoa decía que uno no es del tamaño de su estatura sino del tamaño de lo que mira. En ese sentido, ¿de qué tamaño es Barranquilla? ¿Qué tan lejos y tan alto hemos mirado? ¿Qué hemos hecho con el Atlántico? Lindos los homenajes, sí, pero más importante es plantearse las preguntas que valen la pena sobre los cien años del departamento. Y arriesgarse a dar respuestas.// ¿Quién fue Diego A. de Castro, que en menos de quince días ha pasado de ser un ilustre desconocido a propietario de cuatro metros cuadrados en el Parque de los Fundadores?// Y a esa estatua imprudente del general De Castro podríamos formularle la pregunta por nuestros orígenes, acerca de su verdadera historia, quién era él, quiénes somos nosotros, qué hemos hecho en cien años de vida independiente como departamento, ¿hemos demostrado acaso que no fue vana la idea de convertir esta importante sección de la república en una entidad departamental?// Y la pregunta, parece, nos atañe a todos, no sólo a nuestros gobernantes, ni a los historiadores que por estos días se reúnen para hablar, entre otros temas, del caciquismo y el clientelismo en el departamento del Atlántico en los inicios del siglo XX; nos atañe a todos, no sólo a los que escriben exaltados panegíricos ni a los que se dejan arrastrar por sus resentimientos personales o sus intereses mezquinos a la hora de escribir sobre estos temas para muchos intocables.// De modo que, una mañana cualquiera, vaya usted, amigo lector, al Parque de los Fundadores de La Aviación y pregúntese qué hace allí la estatua del general Diego A. De Castro, cómo logró salir de la antigua alcaldía —¿y allá por qué camino llegó? ¿Lo habían degradado acaso?— para arribar impertinente hasta ese espacio invadido ya, para colmo, por un maniquí colgante que a nadie comunica nada que no sea pereza.// En Barranquilla hemos visto salir sardinas por los grifos del agua, hemos visto caer semáforos sobre vehículos indefensos, hemos visto embarazos que, a la postre, resultaron ser barrigas de trapo, de manera que para nada nos extrañaría saber que hay estatuas que caminan, o mueren decapitadas, como los bustos de los promotores de la aviación, que sí deberían estar en el Parque de los Fundadores, pero ¿qué se fizieron?// De pronto mañana la estatua de Santander se va caminando para el Paseo Bolívar, como ya hizo El Libertador cuando le arrebató impunemente el lugar a Cristóbal Colón. Ese no es el problema, que aquí todos nos movemos la silla. El problema es que la mayoría de nosotros no sabe ni siquiera por qué esa estatua del general Diego A. De Castro no debe estar donde está. Es un problema de estética, es un problema de ética. ¿O no, lector? Y que la estatua siga caminando, que de repente llega a Puerto Colombia. O se va del país. Todo es posible en esta dimensión tan conocida.// ~Tomado de El Heraldo-Locales: <http://www.elheraldo.com.co/hoy050612/locales/noti6.htm>

[_borders/Hablamos_aftr.htm]