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A:  JUNIOR, TU  PAPA !!!

From: >Vayámonos hoy de Historia Deportiva - Chelo de Castro C.
Date: 30 Jun 2001
Time: 13:35:26
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¡Aquel Juventud Junior que doña Micaela Lavalle de Mejía fundó una noche en el patio de su casa!

~Por: Chelo De Castro C.

"Con todos los motivos del mundo el club Junior festeja —un poco modestamente, porque la verdad, el palo no está para cucharas, debido a la recesión que nos afecta a todos —sus 75 años de fundado. Fundación que se hizo en el patio de doña Micaela Lavalle de Mejía, vientre singular, admirable, que parió para gloria deportiva de Barranquilla a cinco jugadores que fueron orgullo de nuestra ciudad. ¡Y todos buenos, buenazos.

Algo insólito, pues en una “cochada” así, alguno sale malo.

Doña Micaela (la alcanzamos a conocer, cuando tenía su venta de frutas en el viejo mercado público) fundó al club Juventud Junior, como así se llamó originalmente esta institución que luego ha cambiado de nombres como los reptiles de piel, para que jugaran sus hijos menores.

En el club Juventud jugaban sus hijos mayores, Juancho y Víctor, pero aquellos que estaban en aquel ya remoto 1924 un tanto mozalbetes, como Marcos y Vigorón, no tenían equipo en el cual desarrollar sus incipientes facultades.

Y en el patio de su casa en Rebolo la madre de los Mejía citó a un grupo de dirigentes el 7 de agosto de 1924, como así nos lo contó el Almirante Cervera, personaje típico de nuestra ciudad que era un depositario viviente de la historia deportiva de esa cuna de todos los deportes que se llama Barranquilla.

Estos 75 años de aquel Juventud Junior, luego Atlético Junior y hoy por hoy Junior a secas es un jalón de gran mérito en materia de antigüedad, no obstante que hubo otros clubes barranquilleros que ya tenían pantalones largos cuando apareció este benjamín futbolero en 1924.

En ese mismo año partió hacia Costa Rica el Juventud, el papá del Juventud Junior, como el primer club de cualquier deporte que salía de nuestro país hacia el exterior, que en materia deportiva —árdale y duélale a quienes les quiera arder y doler — no ha habido gesta o iniciativa en el mundillo del deporte que no haya salido de Barranquilla. Así de grandielocuente, así haya historiadores deportivos de ocho al cuarto que quieren darse el lujo de desconoerlo.

El Almirante Cervera nos hablaba de la comida que don Gabriel Díaz Granados le brindó a los integrantes del equipo Juventud en su Pensión Inglesa, pero sólo como pretexto para enseñarles a los jugadores cómo se tomaban los cubiertos, de acuerdo con los platos servidos.

En aquellos tiempos sólo se viajaba en barcos, de modo que los viajeros permanecían a bordo durante varios días y don Gabriel quería que aquellos futbolistas, como también lo fueron sus hijos, representaran dignamente al país y a Barranquilla y no salieran con ninguna nota discordante. Hoy por hoy cuando en avión sólo se viaja por horas, si el viajero come con las manos, prácticamente tamaño “mataconguismo” pasa desapercibido.

Es una verdadera lástima que nuestros grandes clubes de fútbol de antaño hubiesen desaparecido, acosados por ese pésimo negocio que es mantener una institución de esta clase, donde no hay un solo equipo en el mundo que pueda hablar de superávit, que los que pueden hablar de déficit forman una manifestación gaitanista.

Clubes como Sporting y Juventud hoy tendrían más de 80 años de vigencia futbolística. Suficientes para ser los mas antiguos de todo Colombia, ya que por nuestras costas entró este encantador deporte. Con la venia del pastuso que lanzó la bromita que sabemos. Otro tanto se podría decir del Unión Colombia (el primero en este país es presentar la faz conjunta deportiva de lo que es verdaderamente un club, ya que tenía clubes de fútbol, beisbol, basquetbol, atletismo, etc.).

Démosle todos los barranquilleros y aquellos que no siéndolo conviven con nosotros y quieren al Junior, una cerrada ovación al club que nació el 7 de agosto de 1924, cuando la vida era tan amable y tan escasa en delincuentes de todos los colores, sonidos y sabores.

¡Por el Junior levantamos una Copa...!

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Cien años de Soledad,un embarazo de 23 años.

From: GUSTAVO GARCIA MARQUEZ.
Date: 09 Feb 2003
Time: 18:42:35
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“Un día de estos voy a escribir un libro que se leerá más que El Quijote”.Gabriel García Márquez (Cartagena 1951). El Heraldo Dominical-Domingo 9 de Febrero de 2003 Es la frase que más recuerdo, y por razones obvias, jamás habré de olvidar. Era sábado, Gabo y yo copiábamos con bastante prisa el texto de la novela “La hojarasca”, su primera novela. Existían dos razones que justificaban la premura. 1) -En el Hotel Caribe nos esperaba un representante de la Editorial Losada quien debía partir para Buenos Aires el próximo martes, ante la junta directiva de la editorial. A partir de ese día todas las tardes cuando Gabo llegaba a la casa salía a preguntarle: ¿qué contestaron?, nada. Fue la respuesta durante varios días. Cualquier día por la tarde Gabo entró a la casa, y antes de que le hablara se acercó a mi y amarrándome la mano derecha me puso en ella un pedazo de papel, me tocó la cabeza, abrí el papel y le pregunté: ¿qué es esto?; me contestó: léelo, llévalo al baño y úsalo. Entre otras cosas encontré: “Señor García, leímos, su novela; opinamos que siga intentando en otro oficio”. Firmaba: Guillermo de Torres, Presidente del consejo editorial. Por supuesto que Gabo no paró bolas a la respuesta y continuó escribiendo como todos los días de su vida. Pero yo con mucha alegría había ayudado a Gabo a copiar La Hojarasca y ese día no pude asistir a las prácticas de fútbol en el estadio de la Infantería de Marina para jugar al día siguiente, domingo, un partido de eliminatoria con el equipo juvenil “Juventud Cartagena”. Como no asistí al entrenamiento fui descalificado. Me entregaron una tarjeta roja que parecía una adivinanza: “dedíquese a otro deporte”. La frase del presidente del consejo editorial, consideró, que fue un reto para el escritor que apenas esa vez intentaba su primer paso en el género novelístico. Yo tenía 14 años, y Gabo 24 pero ese día de La Hojarasca fue el día en que, detuvo la escritura y señalando “La Hojarasca” me dijo: “Esta novela me gusta, pero más adelante voy a escribir una que se va a leer más que “El Quijote”. “Cien años de Soledad”, apenas se estaba gestando en su memoria. Muchos escritores y críticos de alta solvencia literaria han catalogado a Gabo como el escritor más importante de estos tiempos. Gabriel García Márquez ha escrito tantas novelas de excelente calidad en un tiempo relativamente corto, que bien puede servir de soporte lógico para la emisión del anterior concepto, agregado a la madurez (30 años) de su obra maestra. Por todos esos conceptos que a diario se leen y se oyen en los medios de comunicación del mundo entero, en diferentes lenguas, se me ocurre formularme y también, ¿por qué no? formular a todos los críticos y lectores la siguiente pregunta: ¿será Gabriel García Márquez el novelista más importante en el idioma castellano después de Cervantes?. Juan Marichal, Pablo Neruda, Graham Greene y otros coincidían en afirmar que sí. ‘Cien años de soledad’ no fue concebida en un simple instante de inspiración. no, la inspiración es un fenómeno fugaz que puede asistirnos después de apurar un buen vaso de whisky, una hirviente taza de chocolate santafereño, o del inspirado desenfreno que manifestamos luego de saborear los amorosos labios de la mujer amada. Esta novela que el 5 de junio arribó a treinta años, expuesta a los ojos bien abiertos de la humanidad, sin pretensiones pedantes, sin rebuscamientos literarios; con un lenguaje simple, armonioso, y poético ofrecido en bandeja de arcilla para que los chóferes de Barranquilla —de cuyo sindicato el Gabo es presidente honorario— y todo el mundo lector, desde los maestros de la más sofisticada literatura de cualquier lugar del mundo, hasta los más humildes de todos los pueblos condenados a cien años de soledad, sin que sea menester concurrir al acceso constante de los diccionarios... éstos últimos hallan en sus 450 páginas, el reflejo cotidiano de sus vivencias, trazadas con la frescura de una coherente ilación que los lleva de la mano a encontrarse con su propio costumbrismo, manifestado en el lenguaje de un realismo mágico, reservado a la humilde credibilidad popular donde todo cabe, donde todo es posible bajo el concepto premonitorio de una invariabilidad fantástica de la imaginación en la gente que nace comiendo tierra, de esa tierra que comen las lombrices de tierra, intuyendo sin un propósito concebido, que la peste del insomnio no es otra cosa que la defensa natural y bondadosa de dios, para distraer el hambre y la miseria. Esa novela se fue conformando durante 23 años en el gris laberinto encefálico de un artesano de la literatura con la disciplina incorruptible de un horario comprometido con sí mismo de 9 de la mañana a tres de la tarde durante 365 días de cada año. Quizá Melquíades, el gitano entendedor de todas los instrumentos y caminos para llegar lo más cerca a la alquimia por el diáfano camino de la simplicidad, quien condujo al autor de la mano, a través de las 450 páginas que determinaron los cien años de soledad para toda la vida. Veintitrés años para organizar cien Siempre he manifestado que para escribir un cuento lo primero que organizo, dentro de mi imaginación, es el ambiente en que voy a pasear mis personajes. Una vez imaginadas, cinematográficamente las amplitudes, sombras y luces del contorno por donde va a trajinar el elenco, me resulta fácil ubicar a una mujer en la puerta de su casa sentada en un taburete viendo pasar la gente que transita frente a ella, e imaginando cosas, y hasta hablando del color del traje que le regaló el novio el día de su cumpleaños. Me es muy fácil porque yo también en ese instante estoy viendo, sentado frente a mi computadora, las mismas personas, animales, y hasta el color del cielo que ella ve. A partir de ese momento la pantalla del computador se convierte para mi en un escenario teatral donde puedo ordenar a mi antojo los desplazamientos necesarios que requiere mi proyecto en el guión preconcebido; aún cuando en bastantes ocasiones, observando, estaturas y obstáculos se qué vueltas debo dar a mi primer propósito para no tropezar con el perro, que también veo, dormido en el umbral de una puerta que inicialmente no había registrado en el guión. Y lo que es más, casi extraño, obedecer a un personaje que me hace corregir el curso de mi intención. Así aconteció con la gran novela Lo primero en organizar el Gabo en la memoria a sus 17 años, fié el ambiente macondiano. Una vez revisado y aprobado, para no dejar escapes que pudieran variar substancialmente por causa de ese enemigo que crece con nosotros, el olvido, lo presentó como anticipo en sus novelas anteriores a “cien años...: “La hojarasca” (1955), “El coronel no tiene quien le escriba” (1957), basada en el ambiente revolucionario del abuelo coronel Nicolás Márquez, “La mala hora”, “Un día de estos”, “Isabel viendo llover en Macondo”, “Un día después del sábado”, “La viuda de Montiel”, “Los funerales de la mamá grande”, en fin casi todas las obras publicadas antes de “Cien años de soledad”. Gabriel inició su compilación de asuntos relacionados con la mencionada obra, aproximadamente a los 17 años y durante 23 años, sin escribir una sola letra de esa novela pensó que podía llamarse “La Casa”. Soportó en ese trayecto de su vida todas las vicisitudes de un embarazo, malestares económicos, ganas de vomitar sin vomitar un solo retazo trascendental del engendro, excepto algunos temperamentos personales que fue dejando en sus libros anteriores, hasta cuando llegaron los dolores del parto. Minutos antes de la última dilatación partió en su carro con su familia rumbo a Cuerna Vaca. En un instante se distrajo y perdiendo el control del vehículo yendo a parar en el anca de una vaca cayendo en la cuneta donde pastaba la pobre res, lástima que el animal muriera sin conocer el nombre del famoso chofer. Entonces dio una vuelta de ciento ochenta grados diciéndole a la familia: “vamos a casa, ya está completa la berraca novela”. Y desde ese día comenzaron a salir al mundo los gitanos, la carrandanga de Buendías, los huevos prehistóricos, el hielo, las hembras insaciables, las mariposas amarillas y la fama.- Gabo le preguntó a Rodrigo su hijo mayor: “¿te gusta esta novela? y él contestó: “es muy buena y además así es muy fácil escribir novelas, primero, salir a la carretera con la familia, atropellar una vaca y luego sentarse a escribirla”. Gabriel esperó durante 23 años con la vitalidad de su memoria sometida al ordenamiento, a la precisión cronológica del tiempo encerrado en su estudio, amasando cien años de verdades fantásticas. Hubo ocasiones en que era sorprendido por Mercedes, llorando a escondidas la muerte de Prudencio Aguilar con los ojos bien abiertos mirando en su imaginación, cómo José Arcadio Buendía ordenaba a cordel el trazado de las calles de Macondo, el reparto equitativo del sol, congregando las temperaturas para escoger la que más se ajustara al temperamento de sus habitantes, la luz en los diáfanos ríos de aguas heladas bajando de los páramos circundantes, imaginándose la prehistoria que pasó por Macondo que se la llevó el tiempo y sólo dejó, tal vez por su descomunal peso, los huevos petrificados de las bestias prehistóricas sembrados en los descendientes ríos convertidos en piedras que millones de años más tarde ocuparan un lugar de importancia en la mente de un escritor llamado Gabriel José. Para lograr sin distorsiones ni imágenes forzadas, construyó el borrador de “Cien años de Soledad” en la memoria. Creó con anticipada precisión, la figura poética y fresca de la elevación de remedios la bella, amparada por la intangible realidad de una sábana blanca almidonada con almidón de yuca amarga. Durante cinco años mantuvo a Mauricio Babilonia en la antesala del amor sin hallar la forma de hacerlo penetrar en la infranqueable casa de Meme, hasta cuando vio en un zoológico de Barcelona un chimpancé cortejando a la hembra, mientras una mariposa amarilla revoloteaba encima del animal haciendo el amor. Quizá en un período de tiempo igual armó en el taller de su prodigiosa memoria a un gitano manso, e ingenioso con una fisonomía misteriosa de murciélago y espantapájaros. Tardó años armando el desprestigio del coronel Aureliano Buendía ordenándolo al fracaso de 32 asaltos de guerras creando un pelotón articulado con sus compañeros de estudio, algunos menores de edad, que escasamente soportaban el peso de las armas como si fuera una réplica de los juegos de guerra en los recreos escolares. Durante todo el tiempo mantuvo un trato directo con los imaginarios personajes que habrían de conformar el elenco de “Cien años de Soledad”. Concibió a Melquíades, el gitano que se ganó sus afectos, lo trató con tanta percepción hasta convencerse que sería, una vez dada a luz su obra, el único gitano honrado de todos los que llegaron a Macondo. Por tal motivo José Arcadio Buendía se atrevió a negociar con Melquíades su mejor mulo y una recua de chivos por dos lingotes de hierro imantados para rastrear el fondo de los ríos en busca del oro que nunca encontró.