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CONTRATOS DE ASOCIACION

From: El HERALDO
Date: 02 Apr 2001
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Audacias mayores de ochenta años Regresar a los contratos de concesión Por ALFONSO LOPEZ MICHELSEN

Grande es mi preocupación con motivo de los numerosísimos contratos de asociación para la explotación de petróleo que se han venido firmando en los últimos meses.

A primera vista parece obvio que conviene perseverar en la política de perforar el mayor número de pozos en territorio colombiano para conjurar el peligro del agotamiento de los yacimientos en explotación, que abastecerían solamente por cinco o siete años las necesidades nacionales. Sin embargo, lo cuestionable, a mi entender, es persistir en la fórmula de los contratos de asociación, cuando las perspectivas con respecto a los precios del petróleo en el futuro no son las más favorables.(1).

Solía decir el Doctor Esteban Jaramillo, con el ingenio y la gracia que lo caracterizaban, que “un error es una verdad que se equivoca de fecha”. Es lo que le sucede al suscrito con respecto al régimen de asociación. Por años he recibido con beneplácito el reconocimiento que se me hace periódicamente por haber impuesto, con carácter obligatorio, el régimen de asociación para los contratos de exploración y explotación de los hidrocarburos.

Gracias a esta disposición y, principalmente, por iniciativa del Ministro García Parra, el haber abolido el dólar petrolero y haber asimilado el precio del petróleo colombiano al del mercado mundial, para calidades comparables, se reactivó la actividad exploratoria y se obtuvieron resultados tan satisfactorios como el descubrimiento de Caño Limón y Cusiana, cuando ya comenzábamos a importar petróleo extranjero a altísimos precios. Se trataba de una situación distinta a la actual por cuanto que, para entonces, se desconocían las reservas mundiales de combustibles fósiles y se temía un déficit inminente del crudo, en el curso de pocos años.

Hoy, por el contrario, los vaticinios, con ligeras diferencias cronológicas, coinciden en predecir una caída de los precios, precursora de la extinción de la era del petróleo. Fue lo que anunció el Presidente mundial de la Shell, cuando dijo, en frase lapidaria: “No fue necesario que se acabaran las piedras para que el mundo saliera de la Edad de Piedra”.

Son tantos los factores que conspiran contra el uso del petróleo, que no es improbable que, en 15 o 20 años, el petróleo deje de tener la importancia que le permite a los países del Tercer Mundo ejercer, a través de la Opep, una desmesurada presión sobre los Estados Unidos de Norteamérica y la Unión Europea. A nadie se le escapa que el mundo industrializado va a permanecer indefinidamente bajo una circunstancia geológica que le permite a los más atrasados doblegar a los más ricos en capitales y en conocimientos. Tarde o temprano, y más temprano que tarde, el petróleo se verá sustituido por la electricidad, por el gas, o por el hidrógeno, combustibles que lo aventajan por múltiples aspectos.

Ya, en algunos países de Europa, circulan vehículos alimentados por combustibles distintos al oro negro. Su costo es aún muy alto y la sustitución de los automotores actuales por vehículos de distinta combustión tomará años, pero la tendencia a sustituir el petróleo es un hecho innegable. No solamente por razones económicas sino por motivos que pudiéramos calificar de humanitarios, en razón de la polución y contaminación del ambiente, que acabará por proscribir un elemento de tan alta toxicidad como el petróleo.

La protección del medio ambiente se hace cada día más apremiante y el Protocolo de Kyoto, al cual se le prestaba una moderada atención, cuenta ya con un inmenso respaldo en todas las latitudes. ¡Y no es para menos! Las inesperadas alteraciones climatológicas nos están demostrando las amenazas que se ciernen sobre los humanos si se sigue atentando contra la capa de ozono y prosigue, con el efecto invernadero, el recalentamiento de nuestro Planeta, con efectos imprevisibles sobre los mares.

Recientemente el Estado colombiano, socio de Carbocol, optó por venderle su parte a un consorcio, afrontando cuantiosas pérdidas. Su origen fue un contrato celebrado bajo el “Mandato Claro” para explotar los carbones de El Cerrejón, con base en unas probables utilidades que nunca tuvieron ocurrencia. Se preveía que la tonelada de carbón llegaría a cotizarse por encima de los US$50,oo y, en consecuencia, iba a ser un brillante negocio, tanto para la Exxon como para nuestro país, invadir el mercado con los riquísimos yacimientos de La Guajira.

No hubo corrupción o engaño alguno de parte de quienes adelantaron el proyecto, ya que el Banco Mundial y la propia Compañía petrolera que participó en la empresa daban por sentado que la utilidad superaría la diferencia entre el costo de la explotación y US$50,oo para su venta en el mercado. Tan grande era el convencimiento sobre la magnitud del negocio que el Senador Luis Carlos Galán se opuso a la participación norteamericana alegando que se le estaba haciendo un regalo a la Exxon y que lo prudente era conservar el monopolio para el Estado Colombiano.

Desafortunadamente el precio del carbón jamás llegó a los US$35,oo por tonelada y el costo de la construcción del ferrocarril hasta Puerto Bolívar, no menos que la adecuación del campamento, elevaron los costos de tal manera que el precio de venta fue de $480 millones, tras haber perdido más de $1.800 millones en la sola participación del socio colombiano.

Con este antecedente, de la caída en los precios del producto, me asalta un temor, tratándose del petróleo, que se podría sintetizar así:

a) Si no se encuentra petróleo en ninguno de los 30 o 40 contratos de asociación que acaban de suscribirse, sería algo muy desafortunado para el país, pero, según el contrato de asociación, el riesgo de no encontrar petróleo lo correría por entero el contratista, sin ningún reembolso por parte de la Nación.

b) Si, por el contrario, se encontrara petróleo en cantidades comerciales, el Estado colombiano tendría que reembolsar los gastos en que habría incurrido el contratista y entraría a participar en los resultados de la producción. Sería una lotería. Sin embargo, si, como se predice, para la época de la explotación el precio del barril de petróleo llegara a estar por debajo de los US$20,oo, podríamos correr el riesgo de haber incurrido en una pérdida comparable a la de El Cerrejón, o sea, producir a un costo superior al precio del petróleo en el mercado.

Tendríamos que reembolsar los gastos del empresario explorador y recibiríamos un petróleo producido a pérdida. ¿Por qué? Porque, contrariamente a lo que ocurre en el Medio Oriente y en Venezuela, el petróleo colombiano se encuentra a grandes distancias de la Costa y el costo de su transporte por oleoducto oscila alrededor de los US$3,oo por barril, un recargo con respecto al precio a que venden aquellos países cuyo costo de producción a la orilla del mar es menos de US$10,oo. Tomando como ejemplo la profundidad de los pozos en el piedemonte llanero, el costo en boca de pozo sería aproximadamente de US$10,oo, una cifra próxima a los US$15,oo, en competencia con petróleo a US$10,oo, o menos.

Estas consideraciones son las que me llevan a pensar que, para no repetir el caso de Carbocol, lo prudente sería celebrar contratos de concesión, con una razonable regalía para el Estado colombiano y con el gravamen tributario que pagan todas las sociedades, según la legislación colombiana sobre impuesto a la renta.

Los precios actuales estimulan de tal manera la búsqueda de nuevos yacimientos, que se calcula que para el presente año habría un millón más de barriles diarios que en el año 2000. La revista Coyuntura Petrolera, revisando los prospectos para nuestro Continente, señala las inversiones que se avecinan, no sólo en Venezuela sino especialmente en el Ecuador con el oleoducto Transandino, en el Brasil y en México, que demuestran un crecimiento en la demanda que va teniendo el petróleo pesado en el mundo entero. El quid de la cuestión está en saber si las anteriores cifras debe inducirnos a competir en esta carrera de inversiones, o si, dadas nuestras particulares circunstancias, lo prudente es dejar a las multinacionales corriendo con los riesgos de los futuros precios del mercado y con los costos de la exploración.

(1) Oppenheimer sintetiza la posible evolución del precio del petróleo en los próximos diez años, citando a Grosse y Yáñes: US$5,oo; al Departamento de Energía de los Estados Unidos: US$21,oo; al DRI: US$16,oo, y a Petroleum Economics Adventure: US$13,70. La propia Opep intenta reducir el riesgo, reteniendo fuera del mercado, según se dice, millón y medio de barriles diarios.

Reservas petroleras del Mar Caribe.

From: José Darío Forero Fernández.
Date: 04 Nov 2002
Time: 19:15:18
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El Heraldo-Económicas / Barranquilla, Lunes 4 de Noviembre de 2002.

En un artículo titulado Mares Afortunados aparecido en la revista Carta Petrolera No. 102 julio-agosto de 2002 publicada por la empresa “Colombiana” de Petróleos, Alexandra Santamaría, su autora, usando un lenguaje simpático relata lo acontecido con un contrato ejecutado por Ecopetrol para inspeccionar el fondo marino de la Costa Caribe al parecer en los primeros meses del año 2002.

La increíble decisión de Ecopetrol de invertir en la Costa Caribe consistió en contratar el barco Baruna Jaya III de bandera indonesia a un costo de US$1.7 millones (US$25.000 diarios) para hacer una travesía en la Costa Atlántica colombiana a una velocidad de cinco nudos por hora a inspeccionar hasta 3200 metros de profundidad que “les permitiera obtener información precisa, procesaria y garantizar mayor conocimiento a posibles inversionistas interesados en el área”. (Tomado textualmente).

Transcribo otros apartes interesantes del artículo: “Esta es la primera vez en la historia del país que la Empresa “Colombiana” de Petróleos invierte directamente en la realización de un estudio de este tipo...”

“Las primeras indagaciones revelan que la Costa Atlántica tiene un altísimo potencial de reservas en un área prácticamente inexplorada”.

“El recorrido que se realizó es apenas un 10% del Caribe colombiano, donde se estimó que existe un potencial de reservas de 35 terapiés cúbicos de gas (TFC) y más de 3.000 millones de barriles de crudo (BBO)”.

Después de digerir lo antes expuesto valdría la pena que los habitantes de la Costa Atlántica nos hiciéramos las siguientes preguntas: ¿Fue este un contrato para iniciar los proyectos que conviertan a la Costa Caribe en un polo de desarrollo de la industria petrolera o simplemente un contrato más celebrado por Ecopetrol?

¿No deja de sorprender que después del tradicional abandono de la Costa Atlántica por el gobierno central, hayan decidido invertir en estudios petroleros si toda la inversión que realiza Ecopetrol se centra en las ciudades del Triángulo de Oro y sus alrededores? Recordemos que la Refinería de Cartagena y Pozos Colorados han estado abandonados desde su creación y lo mismo ha ocurrido con el puerto petrolero de Coveñas.

¿Dónde están nuestros representantes políticos, dirigentes empresariales y gobernantes que no están exigiendo al gobierno central la cancelación de la enorme deuda que tiene el país para con los habitantes de la Costa Atlántica ocasionada por tantos años de abandono? Nuestra dirigencia debería comprometerse con una causa común y lograr que se invirtiera el capital necesario en los proyectos de exploración y explotación de nuestros recursos petroleros cuyas reservas han quedado demostradas en el estudio llevado a cabo por Ecopetrol.

Esta actitud se la estamos debiendo a las futuras generaciones.

P.D.: Los habitantes de la Costa Atlántica seguimos subsidiando los combustibles que consumen los habitantes de las ciudades del Triángulo de Oro.

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